Nos tomamos de las manos y nos fuimos a volar.
Ninguno de los dos sabíamos dónde íbamos allegar.
Me solté un momento de su mano y con el mar me fui a conversar.
Sólo le pedí que nos diera las olas más grandes que jamás pudiésemos olvidar.
Me pidió algo a cambio, se lo tuve que dar. Fue un gorro café para que el sol
no las quemase más.
Después de esto, tuvimos un espectáculo de olas que nunca quisimos olvidar.
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